Con la llegada del año nuevo suele aparecer una idea muy concreta: ahora sí, este va a ser mi año. Y con ella, una lista más o menos larga de propósitos que prometen ordenarlo todo. Empezar de cero. Hacerlo mejor. Ser otra versión de ti.

El problema no son los propósitos.
El problema es el peso que muchas veces les ponemos encima.

Como si el 1 de enero activara un cronómetro invisible. Como si la vida, de repente, esperara resultados. Pero la vida no empieza en enero ni entiende de calendarios. La vida va de momentos, de etapas y de procesos que empiezan cuando empiezan, se rompen cuando toca y se recolocan cuando pueden.

Decir “este va a ser mi año” a veces genera una presión innecesaria. Porque si en febrero estás cansado, parece que ya vas tarde. Si en abril dudas, parece que algo estás haciendo mal. Y no. No has fallado. Estás viviendo.

Hay años en los que atraviesas cosas duras y, dentro del mismo año, también hay ratos de calma y de risa. Y otros en los que todo parece ir bien… hasta que algo se tuerce. Porque la vida no es lineal, ni previsible, ni perfecta. Y tú tampoco tienes por qué serlo.

Quizá este no sea tu año en grande.
Quizá sea tu momento de entender, de parar, de cuidarte un poco más o de recolocarte por dentro. Y eso también es avanzar, aunque no se pueda tachar de una lista.

Entonces… ¿cómo proponerte propósitos sin caer en la autoexigencia?

Tal vez la clave no esté en proponerte más, sino en proponerte mejor. Aquí van algunas ideas para hacerlo desde un lugar más real y amable:

1. Empieza por escuchar cómo estás, no por cómo “deberías” estar
Antes de pensar en objetivos, pregúntate: ¿qué momento vital estoy atravesando ahora mismo? No se propone igual alguien que está agotado que alguien que se siente con energía. Ajustar tus propósitos a tu realidad es una forma de autocuidado.

2. Cambia metas cerradas por intenciones flexibles
En lugar de “este año tengo que…”, prueba con “me gustaría ir acercándome a…”. Las intenciones dejan espacio al proceso, al error y a los cambios de rumbo.

3. Piensa en necesidades, no solo en resultados
A veces el propósito no es “hacer más ejercicio”, sino “cuidar mejor mi cuerpo”. No es “ser más productivo”, sino “vivir con menos desgaste”. Cuando conectas con la necesidad, el cómo se vuelve más amable.

4. Permítete revisar tus propósitos durante el año
Un propósito no es un contrato firmado en enero. Puedes revisarlo, cambiarlo o soltarlo si deja de tener sentido. Adaptarte no es fracasar, es escucharte.

5. Incluye el descanso y el disfrute como objetivos válidos
No todo tiene que ser mejorar, avanzar o conseguir. A veces el propósito más importante es bajar el ritmo, sostenerte o simplemente estar.

Quitarle peso al año es devolverte margen a ti.
Menos “este va a ser mi año” y más “voy a respetar el momento en el que estoy”.
Menos exigencia y más honestidad.

Si te apetece hacer balance del año, hazlo. Si necesitas cerrar etapas, adelante. Pero hazlo sin prisa y sin castigo. Desde la curiosidad, no desde el juicio.

Porque la vida no va por años.
Va por momentos.
Va por procesos.
Va de ti.

Y quizá, con eso, ya sea suficiente 💛

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Puedes revisar en los siguientes enlaces la Política de Privacidad y Política de Cookies