
“Quiero que no me afecte.”
“Quiero que me resbale.”
“Quiero que me dé igual lo que haga.”
“Quiero que no me duela.”
Son frases que aparecen con frecuencia cuando una persona está cansada de sentirse condicionada por lo que ocurre a su alrededor. Una discusión con la pareja, un comentario de alguien cercano, una crítica en el trabajo, una decepción o una actitud que no esperaba pueden quedarse dando vueltas durante horas o incluso días.
Y entonces aparece el deseo de dejar de sentir.
Como si la solución fuera conseguir que aquello que hoy duele, molesta o preocupa dejara de importar.
Pero ¿y si el objetivo no fuera que nada te afectase?
Que algo te afecte no significa que tenga poder sobre ti
Hay una diferencia importante entre sentir una emoción y dejar que esa emoción dirija lo que haces.
Que alguien te diga algo que te duele puede afectarte. Es normal.
Que tu pareja tenga una actitud que no esperabas puede enfadarte. Es comprensible.
Que alguien te critique puede hacerte sentir insegura. Puede ocurrir.
El problema no está necesariamente en que aparezca esa emoción. El problema puede aparecer después: cuando empiezas a darle vueltas una y otra vez, cuando necesitas resolverla inmediatamente, cuando reaccionas desde el enfado, cuando buscas que la otra persona cambie para poder estar tranquila o cuando terminas cuestionándote a ti misma.
Por eso, quizá la pregunta no sea:
“¿Cómo consigo que esto no me afecte?”
Sino:
“¿Qué puedo hacer cuando esto me afecta?”
Intentar que no te duela también puede hacer que duela más
A veces ponemos mucha energía en intentar controlar nuestras propias emociones.
- “No debería estar tan enfadada.”
- “Esto no tendría que importarme.”
- “Estoy exagerando.”
- “Debería pasar página.”
- “¿Por qué sigo pensando en esto?”
Y, sin darnos cuenta, a la emoción que ya estaba ahí añadimos una segunda lucha: la lucha contra la propia emoción.
- Sentimos tristeza y nos enfadamos con nosotros mismos por estar tristes.
- Sentimos miedo y pensamos que deberíamos ser más fuertes.
- Nos molesta algo y tratamos de convencernos de que no debería molestarnos.
Pero las emociones no desaparecen simplemente porque decidamos que no queremos sentirlas.
De hecho, cuanto más intentamos expulsarlas rápidamente, más podemos terminar pendientes de si siguen ahí.
Aceptar que algo te ha dolido no significa resignarte. Significa dejar de pelearte con el hecho de que te ha dolido.
No necesitas que todo te resbale
Existe una idea muy extendida de fortaleza emocional que tiene que ver con que nada te afecte. Ser fuerte sería que no te importe lo que los demás hagan, que no te duelan las palabras, que no necesites nada de nadie y que puedas mantenerte siempre tranquila.
Pero quizá esa no sea fortaleza.
- Porque si alguien nos importa, es lógico que algunas cosas que haga tengan un impacto en nosotros.
- Si valoramos nuestro trabajo, una crítica puede afectarnos.
- Si queremos a nuestra pareja, determinadas actitudes pueden dolernos.
- Si tenemos vínculos importantes, podemos sentir decepción, miedo, enfado o tristeza.
Que algo te importe implica, en cierta medida, que pueda afectarte. La cuestión no es conseguir que deje de importarte, sino poder seguir siendo tú cuando algo te importa y te duele.
Sentir no es lo mismo que reaccionar
Imagina que alguien hace un comentario que interpretas como una falta de respeto. Puedes sentir enfado, notar tensión en el cuerpo o tener ganas de responder inmediatamente. Todo eso puede aparecer de manera automática. Pero entre sentir y actuar existe un espacio, y aprender a ampliarlo es una parte importante del trabajo emocional.
No se trata de convertirte en una persona fría o indiferente. Se trata de poder decir: “Esto me ha molestado, pero no necesito responder ahora”, “Esto me ha dolido, pero no significa que yo valga menos” o “Estoy enfadada, pero quiero pensar cómo quiero manejarlo”.
Ahí aparece algo diferente al “que me resbale”: la capacidad de sentir sin quedar completamente arrastrada por lo que sientes.
Quizá no necesitas sentir menos, sino relacionarte de otra manera con lo que sientes
Cuando una persona llega a consulta diciendo “quiero que no me afecte”, muchas veces merece la pena explorar qué significa realmente esa frase. ¿Quiere dejar de pensar tanto en lo que hacen los demás? ¿Necesita dejar de buscar su aprobación? ¿Quiere poder poner límites sin sentirse culpable? ¿Le gustaría dejar de reaccionar impulsivamente? ¿Quiere que determinadas personas tengan menos capacidad para alterar su bienestar?
Porque detrás de un “quiero que no me afecte” puede haber necesidades muy diferentes.
Quizá el objetivo no sea conseguir una especie de indiferencia emocional, sino aprender a reconocer lo que te pasa, tolerar el malestar, distinguir lo que depende de ti de lo que no, poner límites cuando sea necesario y elegir cómo quieres actuar.
Eso es muy diferente de que todo te resbale.
No se trata de que nada te duela
Se trata de que aquello que te duele no tenga que decidir por ti.
Puedes sentirte herida y cuidarte. Puedes enfadarte y no entrar en una batalla. Puedes sentir miedo y seguir adelante. Puedes decepcionarte y poner límites. Puedes necesitar a alguien y, al mismo tiempo, cuidar de ti.
Y puedes permitirte que algo te afecte sin convertir esa emoción en una prueba de que eres demasiado sensible, demasiado vulnerable o poco fuerte.
Sentir no te hace débil. Aprender qué hacer con lo que sientes también es fortaleza.
¿Y si estás cansada de que determinadas situaciones te afecten tanto?
En Nagore García Psicología puedo ayudarte a comprender qué está ocurriendo, identificar los patrones que hacen que determinadas situaciones tengan tanto peso emocional y trabajar nuevas formas de gestionar lo que sientes sin tener que dejar de sentir.
Porque el objetivo no siempre es que las cosas te resbalen.
A veces, el objetivo es que puedan afectarte sin arrastrarte.
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